alfombra para pecadoras

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1992

Alfombra para pecadoras en la que la belleza se apaga con el dolor y la muerte. Verde sombrío de las hojas carnosas llenas de pinchos. Demasiado ordenada, voluntariamente bien dispuesta, incluso hermosa. Por ninguna parte se respira en ellas el fresco aroma de la naturaleza, la sublime naturaleza es ahora causa de sufrimiento. Una luz especial alumbra un territorio domesticado que adorna la geografía de una melancolía. Alfombra que configura el mapa de la desdicha humana. Depositaria de lágrimas y sangre, dispuesta para el martirio del objeto oscuro del deseo fetichista. Naturaleza que hiere al impotente, al feo, al atormentado que no tiene acceso a los pies de las pecadoras. Pies que se convierten en fruto del pecado. Alfombra vengadora del orgullo masculino. El vaciado de contenido que afecta a las tradiciones religiosas, cada vez más reivindicadas por los grupos sociales que buscan en ellas una identidad redentora, convierte estas manifestaciones “culturales” en espectáculos plásticos descontextualizados de las condiciones sociales, económicas y políticas que las generan. La obra Alfombra para pecadoras realizada en 1992 aporta un contenido masoquista y perverso a esta manifestación religiosa, vinculándola así al estado esquizofrénico de una sociedad en la que la sordidez se ha convertido en un valor consciente e inherente a esa doble vida que nos pertenece y que se ve fomentada por los propios medios de comunicación de masas.

Una alfombra como las que se realizan con flores y hojas en términos como la Orotava, Tacoronte o La Laguna en la Isla de Tenerife (Islas Canarias, España) para el paso de la sagrada custodia en el Corpus Christi, pero realizada esta vez con carnosas hojas de tunera repletas de pinchos y púas, llenaría de satisfacción a cualquier fetichista que viera pasar sobre ella los pies ensangrentados de las mujeres que han sucumbido a los placeres de la carne. Mujeres que están dispuestas a sufrir, a morir un poco, a consagrar al cielo los pies atravesados por las púas y así redimir las culpas para regocijo de santificadores. Escena que llenaría de satisfacción tal a aquellos que infringen dolor para redimir, que no habría mayor placer que castigar con la mortificación de la carne los pecados de la carne y así alimentar el deseo propio con el dolor de aquellos a los que se desea. Néstor Torrens reflexiona en esta ocasión sobre una conducta que implica la búsqueda de una emoción violenta, cuyo placer es fronterizo con el placer erótico.

Cabecera de Instalaciones

Casa la Cultura de Tacoronte. Celebración del "Corpus Christi". Tenerife. 1992

Pencas (palas) y frutos de Ophuntia Dillenii (tunera india)

Dimensiones: 5 x 3 m.